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El centro de promoción de la mujer en nuestra parroquia

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Desde octubre de 2010, los primeros y terceros jueves de mes, por las tardes, nos venimos reuniendo en los salones de la Parroquia de San Roque un grupo de 30 personas que pertenecemos al Centro de Promoción de la Mujer. Siempre reina un ambiente de confianza y la confidencialidad, pues “no sólo queremos ser un grupo sino que deseamos llegar a ser una comunidad donde compartamos todo”.

Con el paso del tiempo hemos ido aprendiendo a compartir sentimientos, emociones, vivencias y experiencias. Cada vez la participación es más frecuente y activa; no sólo aprendemos a escuchar, sino que estamos dispuestas a cambiar para sentirnos mejor,  no sólo en el grupo los días que nos reunimos, sino en la casa, en el barrio, participando en las actividades de la Parroquia, con la ayuda de Don Luis y Mario, y las hermanas (algunas también participan en nuestras reuniones de los jueves: Tami y Mila). Por  eso, para el grupo es importante “decir en voz alta” en el barrio, en la Parroquia… la experiencia de cada una en el grupo y lo que está aprendiendo; al mismo tiempo que se mantiene un compromiso de no hablar sobre las demás: lo que las demás hablan y hacen en las reuniones se queda en el grupo.

El reto inicial que se presentó al grupo fue el conocerse y aprender a vivir con nosotras mismas para poder convivir con las demás. Partimos de la experiencia que supone iniciar un viaje, una excursión… pues la vida, el éxito y la felicidad que todas anhelamos no se consigue de forma definitiva, sino que la vamos conquistando día a día: no es suficiente haber encontrado el camino, o “estar en el camino”, sino caminar y seguir caminando con la esperanza cierta de que encontraremos, por el camino, a otras compañeras con las que “compartir el pan”. Hacemos dinámicas de grupo con el fin de conocernos mejor como personas, pues como decía San Agustín para conocer a una persona no le preguntes por lo que piensa, o por lo que tiene o cómo viste, sino a quién ama.

Nuestro grupo es de “desarrollo personal”; tiene un inicio, pero no tiene final, pues siempre podemos crecer como mujeres, como personas… Por el hecho de formar parte del grupo estamos dispuestas a dar sin esperar recibir nada a cambio, pues pertenecer a este grupo es suficiente para nuestro crecimiento personal. Además, hemos aprendido que cada obstáculo, crisis o problema que se nos presenta es una oportunidad para superarnos y seguir creciendo.

Durante esta vivencia en grupo ha surgido la inquietud sobre cómo ayudarnos. Así que, también, hemos aprendido a establecer una relación de ayuda con las demás basada en un principio que tenemos grabado a fuego en nuestros corazones: “No es posible cuidar y ayudar a otra persona, si una misma no es capaz de cuidarse y ayudarse a sí misma”. Ayudar, al contrario de lo que solemos pensar, no tiene nada que ver con “dar consejos”, hablar; sino con escuchar, mirar a los ojos, tomarnos de la mano… para estimular y capacitar a la persona que nos pide ayuda para que se ayude a sí misma. Porque, ¿qué es en realidad lo que esperan de nosotras las personas que nos piden ayuda? No esperan que les hablemos y le echemos un discurso; no, lo que las personas esperan cuando desean ayuda es ser escuchadas, entender sus sentimientos, respetar sus pensamientos y vivencias… para favorecer su autonomía personal y puedan tomar sus propias decisiones; es decir, que la mejora y el cambio surjan del interior de la persona, que no sea algo impuesto desde el exterior.

 

Natalio Román G.

Psicólogo, Voluntario de los Centros de Promoción de la Mujer

 

Newsflash

El 15 de mayo, además de la tradicional celebración de san Isidro labrador, nuestra comunidad parroquial de San Roque se une a la Compañía de María en la celebración de su santa patrona: Juana Lestonnac.

Hija de Ricardo Lestonnac y Juana Eyquem, recibe una educación vinculada con la cultura renacentista que experimentaba Burdeos, su padre era católico y su madre calvinista.

La Reforma Calvinista llega a Francia, y se comienzan a producir las primeras guerras de religión. Juana Eyquem, que es fiel a esta religión, intenta persuadir a su hija con las ideas calvinistas. Juana encuentra refugio en la fe católica gracias a su padre y su tío, el conocido humanista Miguel de Montaigne.

Con la joven edad de 17 años, Juana se compromete con Gastón de Montferrant, barón de Landiràs con el cual tuvo siete hijos. Tras 24 años de matrimonio, Juana sufre la muerte de su marido. Más tarde mueren su hijo mayor, su padre y su tío Miguel, ante estos duros golpes y con 46 años de edad, Juana ingresa en la orden de Las Fuldenses-Cister de Tolosa de Lenguadoc. La dura rigurosidad de la regla, ultrapasa sus fuerzas y ha de dejar la vida monástica.

Tras su regreso del Cister, Juana se retira a sus tierras en el castillo de La Mothe. En 1605 la peste asola Burdeos, tras sobrevivir a la peste, Juana comienza a ayudar a los barrios más pobres. Toma contacto con los jesuítas , relación fundamental por la similitud de ideas con relación a la preocupación sobre los jóvenes.